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Martha sabía reír



MARÍA EUGENIA GONZÁLEZ PEREYRA


Jueves 12 de Febrero de 2026 1:45 pm


LO de hoy no es un cuento, es una realidad que te quiero contar aún con el corazón apachurrado; el lunes, una mujer extraordinaria partió a lo eterno. Y, aunque sé que todos tarde que temprano enfrentamos duelos y pérdidas que nos quiebran por dentro, también sé que desde que nacemos la muerte es una certeza.

Sin embargo, no deja de ser triste cuando alguien se va. Cada despedida nos toma desprevenidos. Cada ausencia duele diferente, porque cada persona que se va era única, irrepetible, como único será vivir esta despedida y apreciar el legado que nos deja.

Martha sabía reír; su vida fue un testimonio ejemplar y silencioso; ella con ejemplo real, sin discursos, imposiciones ni juicios nos mostró que sí se puede elegir el amor por encima de la rabia, el reclamo o la queja y que, incluso cuando las tormentas te arrancan el alma por pedacitos, se tiene la opción de elegir la serenidad.

A temprana edad falleció mi prima, y Martha cruzó ese dolor incomprensible que ningún padre debería vivir jamás. Pero ella supo ser valiente, nunca dejó de ser amable ni cariñosa; pasados los días de luto eligió su mayor bien y vivió un proceso de terapia. Buscó un grupo de apoyo de padres que también tenían hijos en el cielo; sobrevivió, supo no cobrarle a la vida. Siempre presente, siempre amorosa, guiando, acompañando, aconsejando. Sin juzgar, ella siempre te sugería. Sonreía, su mirada te hablaba, confiaba en que lo podíamos hacer bien. Ni en sus peores quebrantos fue grosera ni se victimizó.

Serena, dulce, muy amiga de mi mamá, una segunda madre emocional para mí. Discreta, sin escándalos, sin quejas ni reclamos. Perseverante, ordenada, de fe inquebrantable. Su sola presencia mostraba que se podía elegir lo que más conviene: el amor y la aceptación. Sin caer en el rencor, siempre buscaba superar y continuar.

Su último año no fue fácil: una caída, una cirugía que no la rindió. Dedicada, lúcida, ordenada, prudente y tiernamente se recuperó con sus casi 90 años, pero su destino tenía fecha; 2 de febrero fue el día de su último aliento.

Su hijo, mi primo, solo podía ser el exitoso y honorable hombre que es. Digno hijo de sus padres, sé que encontrará consuelo. Hoy quiero invitarte a notar que puedes elegir no hundirte en las pérdidas ni en los dolores. Te comparto el ejemplo de vida que tía Martha sembró en mi corazón, con la esperanza de que tus tristezas no sean sufridas sino dignificadas. Sí se puede amar y sonreír incluso en la adversidad.

Su legado me es claro: la resiliencia no es aguantar apretando los dientes, sino seguir regalando ternura cuando todo invita a la amargura. Que la prudencia no es tragarse el dolor, sino no envenenar a otros con el nuestro.

Tendremos pérdidas, tendremos duelos, habrá cosas que no nos gusten; lo importante es cómo elegimos reaccionar. Lo que toca es cruzar las penas como mi tía lo hizo hasta su último suspiro: con amor, resiliencia y dignidad.

Gracias, tía Martha, por enseñarme que se puede. Descansa en paz e innovemos algo ¡Ya!

 

innovemosalgoya@gmail.com