Motivos para una renovación profunda
VÍCTOR CÓRCOBA HERRERO*
Jueves 12 de Febrero de 2026 1:46 pm
TOCA
hacer propósito de enmienda y transformación honda. El mundo está siendo
atravesado por un creciente número de conflictos que, en lugar de cesar, toman
más fortaleza, minando el espíritu armónico y las seguridades internacionales,
los derechos humanos y el desarrollo sostenible. Indudablemente, la propagación
del extremismo violento ha agravado aún más la crisis humanitaria, que ya
sobrepasa los límites de una determinada región. A toda esta preocupación hay
que sumarle el retorno de la rivalidad entre las grandes potencias. Menos mal
que los jóvenes cuestionan cada vez más la ortodoxia nuclear y el papel
tradicional de las armas nucleares como garantes de seguridad. Esto debe
injertarnos esperanza y un mayor sentido de responsabilidad. El
precio de la humanidad es el compromiso, y el conocimiento debe hacernos
ciudadanos de bien, comprometidos para restablecer el diálogo y reducir los
riesgos, pidiendo que se haga todo lo posible por avivar la concordia. Sin
duda, cuanto antes debemos poner en orden nuestros movimientos para encontrar
sitio en las mentes y en los corazones, que paralicen las contiendas y pongan
fin al enjambre de tragedias en curso a través de las negociaciones, respetando
el derecho internacional. Otro de los pasos a seguir, considero, debe ser la
creación de un clima de confianza entre territorios diversos, con la
salvaguarda y la ejecución de la innata exigencia universal, que parece ser el
único camino para la tutela de la dignidad humana en situaciones de enfrentamiento
bélico. Tanto
la Estrategia Global de las Naciones Unidas contra el Terrorismo, que conmemora
este año su veinticinco aniversario, como el Plan de Acción de las Naciones
Unidas para Prevenir el Extremismo Violento, que también celebra su décimo
aniversario, nos recuerdan que no es suficiente con reforzar las medidas de
seguridad; se precisan, además, otras disposiciones internas, cada cual consigo
mismo, para poder cambiar de aires y volver a los vientos armónicos, ampliando
de este modo el espacio cívico. Desde luego, uno tiene que aprender a
reprenderse para poder convivir. Resulta verdaderamente sorprendente que la
humanidad se haya globalizado y que todavía no sepa vivir en paz. Quizás porque
no se nos ha educado para la convivencia, sino más bien para la conveniencia y
el interés. El
sencillo arte de vivir como hermanos aún no lo cultivamos, generando una cruel
atmósfera de frentes y fronteras que nos deja sin palabras. Por desgracia,
estamos más solos que nunca. Esta cultura globaliza y unifica al mundo, pero
divide a las personas y a las naciones, las enfrenta, haciendo prevalecer los
intereses individuales y debilitando la dimensión comunitaria y social de la
existencia. La política ha dejado también de ser la poética del servicio, la
entrega generosa para el desarrollo de todos y el bien común, convirtiéndola en
un campo de batalla constante, con un juego mezquino de descalificaciones,
donde la mentira suele campear a sus anchas, sin respeto alguno ni
consideración hacia nadie. Por si
todo esto fuera poco, por primera vez en más de medio siglo nos enfrentamos a
un orbe sin límites vinculantes sobre los arsenales nucleares estratégicos.
Debemos invertir el rumbo, desarmarnos por completo y armarnos de paciencia, al
menos para atendernos y entendernos. Únicamente así podremos salir de este
aluvión de agresividad vertida sin pudor alguno. Sea como fuere, y a pesar de
estas sombras densas que no conviene ignorar, nos queda saber conjugar el
espíritu positivo hacia cosas grandes, como la verdad y la bondad, o la
justicia y el amor. Veremos, entonces, esclarecer. corcoba@telefonica.net
