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EL CENTINELA DEL AUTISMO



VÍCTOR MANUEL VILLALOBOS CHÁVEZ

Lo que no se ve: discapacidad orgánica


Viernes 13 de Febrero de 2026 1:41 pm


CUANDO pensamos en discapacidad, la imagen que aparece casi siempre es la misma: una silla de ruedas, un bastón blanco, un aparato auditivo. Lo visible, lo evidente, lo que “cuadra” con lo que nos enseñaron. Pero hay otra realidad, mucho más silenciosa, que rara vez se nombra: la discapacidad orgánica.

En programas recientes de divulgación científica se ha explicado este concepto de forma sencilla: hablamos de discapacidad orgánica cuando el fallo en la función de uno o varios órganos limita la vida cotidiana, la autonomía y la libertad de una persona. No se trata solo de nombres médicos complicados; se trata de cuerpos que ya no responden igual, de órganos que se desgastan, se inflaman, se endurecen o dejan de funcionar como antes.

La esclerosis múltiple, la insuficiencia renal crónica, algunas cardiopatías, enfermedades respiratorias severas o gastrointestinales complejas son apenas algunos ejemplos. Desde fuera, muchas veces no “parecen discapacidad”: no hay yesos, muletas ni signos claros que entren en el imaginario social de lo que es “tener discapacidad”. Y precisamente por eso, quienes la viven cargan, además del síntoma, el peso de la duda ajena.

Algo parecido pasa con la salud mental. La depresión, la ansiedad, los trastornos de estrés postraumático o las crisis de pánico no se ven en una radiografía, pero paralizan, duelen, desgastan. ¿Cuántas veces hemos escuchado “échale ganas”, “no se te ve nada”, “te ves bien”, como si el sufrimiento necesitara un certificado visual para ser válido? Con la discapacidad orgánica ocurre lo mismo: si no se nota, se minimiza.

Detrás de cada órgano que falla hay rutinas rotas: pastillas diarias, citas médicas interminables, dietas estrictas, agotamiento constante, miedo al futuro. Y aun así, demasiadas personas son juzgadas con frases como “exagera”, “solo quiere incapacidad”, “es flojo” o “está buscando atención”. El cuerpo les grita límites, pero la sociedad les exige rendir como si nada pasara.

La discapacidad orgánica revela un problema más profundo: nuestra incomodidad con lo que no entendemos. Aceptamos la discapacidad que cabe en una rampa o un cajón de estacionamiento, pero nos cuesta aceptar aquella que no se arregla con obra pública, sino con empatía, ajustes razonables y políticas de salud integrales y sostenidas.

No es un tema menor. En un mundo donde las enfermedades crónicas van en aumento, cada vez más personas vivirán con alguna limitación orgánica. Y, sin embargo, seguimos actuando como si la única discapacidad legítima fuera la que podemos señalar con el dedo.

La estigmatización se vuelve doble: por un lado, el cuerpo que no responde; por el otro, el entorno que juzga. Quien vive con discapacidad orgánica debe explicar, justificar y dar detalles médicos para que le crean, como si el dolor necesitara presentación formal para ser aceptado.

Tal vez ha llegado el momento de hacer una pregunta incómoda: ¿cuántas veces hemos dudado del cansancio, del dolor o de la fragilidad de alguien solo porque “no se le nota”? ¿Cuántas veces hemos minimizado lo que no entendemos porque es más fácil seguir nuestra vida sin cuestionarnos nada?

La discapacidad orgánica nos recuerda que no todo lo importante se ve. Que hay batallas que se libran por dentro, en el cuerpo y en la mente, y que merecen el mismo respeto que cualquier discapacidad visible. No hace falta un diagnóstico en nuestra familia para empezar a mirar distinto; basta aceptar una verdad sencilla y brutal: hoy juzgamos lo que mañana podríamos vivir.

Tal vez el primer ajuste razonable que necesitamos no está en la ley ni en la infraestructura, sino en la forma en que miramos al otro. Lo que no se ve también existe. Y, aunque el órgano falle, la dignidad jamás debería estar en duda.

 

*Director ejecutivo de Fundación Mexicana de Autismo TATO