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ESTACIÓN ESPERANZA



VLADIMIR PARRA BARRAGÁN

Super bowl: 2026


Lunes 16 de Febrero de 2026 1:12 pm


NO fue solo un show de medio tiempo. Lo que se vivió con Bad Bunny en el Super Bowl LX (en el corazón de la ceremonia más estadounidense, frente a una audiencia de 128.2 millones) fue la irrupción de una América que suele ser invitada a aplaudir desde la grada, pero rara vez autorizada a nombrarse desde el centro del campo.

Cuando un escenario pensado para la “gran narrativa nacional” se llena de español, banderas, ritmos caribeños y memoria migrante, lo que ocurre es política cultural. Y hoy, la cultura es uno de los últimos territorios donde el poder todavía intenta dictar quién pertenece y quién sobra. Por eso incomoda. Por eso divide. Por eso revela.

El trumpismo (esa mezcla de nacionalismo excluyente, racismo normalizado y desprecio por la diferencia) no puede leer un gesto de pluralidad sin verlo como amenaza. De ahí la reacción: Trump descalificó el show como “absolutamente terrible… una de las peores, ¡SIEMPRE!”, y lo presentó como una afrenta a “la grandeza de América”, quejándose incluso de que “nadie entiende” lo que se dice en español. No es una opinión musical: es un reflejo ideológico de lo que representa. Le molesta el idioma porque le molesta la presencia.

 

Y esa molestia no ocurre en el vacío. Se da en una coyuntura donde las redadas del ICE, los operativos y las intervenciones en los países más vulnerables; donde el miedo se administra como método de gobierno; donde la “seguridad” se usa para degradar derechos y romper tejidos sociales. En Minnesota, por ejemplo, el propio despliegue federal ha detonado protestas, denuncias por abusos y una discusión pública sobre límites, debido proceso y uso de la fuerza.

En ese contexto, los símbolos importan. Rolling Stone documentó el momento: el balón con la frase “Together, we are America” y el remate “Seguimos aquí”. No hace falta romantizarlo: basta entenderlo. “Seguimos aquí” es una respuesta colectiva a la política del desarraigo; un recordatorio de que la migración no es delito ni capricho, sino consecuencia histórica de desigualdades, intervencionismos y economías que expulsan. Es, también, una afirmación contra el colonialismo cotidiano: el que gentrifica barrios, precariza trabajos y pretende borrar acentos.

Por eso la frase de Sheinbaum adquiere potencia: el amor como antídoto no es ingenuidad; es una ética pública. Es la defensa de la dignidad frente al odio como política de Estado. Es la idea (profundamente humanista) de que lo común se construye ampliando derechos, no restringiéndolos; reconociendo pluralidades, no persiguiéndolas.

 

Lo que Bad Bunny puso sobre el escenario fue una disputa por el significado de “América”. No la “América” propiedad de un nacionalismo blanco y anglosajón, sino la América real: hemisférica, mestiza, afrodescendiente, indígena, migrante, trabajadora. Esa que sostiene ciudades enteras con su esfuerzo y que, aun así, es la primera en ser culpada cuando conviene políticamente.

En tiempos donde el odio intenta presentarse como patriotismo, la afirmación cultural se vuelve acto político. No para confrontar por confrontar, sino para recordar que la dignidad no se negocia y que ningún pueblo debe pedir permiso para existir.

Seguimos aquí. Porque juntos, sí: somos América.

 

*Director de Ciapacov