La que paga no siempre es la que pega
RUBÉN DARÍO VERGARA SANTANA
Jueves 19 de Febrero de 2026 12:33 pm
HAY escenas que explican mejor a un país que cualquier
encuesta. Basta cambiar de mesa. Uno cree que va a comer. Error. Va a ubicarse
en la escala social. Porque en México la mesa no sólo alimenta, clasifica. El
mantel también vota. La vajilla también decide jerarquías. El lugar donde te
sientas habla antes que tú. Comes un domingo en un hotel de cinco estrellas.
Manteles tensos, copas delgadas, agua mineral importada. Te reciben con voz
ensayada, sonrisa profesional, pasos silenciosos. No te atienden, te
interpretan. Te hablan según lo que aparentas, según el reloj que traes puesto,
según el monto de la cuenta. El servicio no camina, flota. Todo ocurre con esa
suavidad que sólo da el dinero. Hasta el sanitario participa del espectáculo. Mármol
frío, perfume caro. Más amplio que la sala, comedor y cocina juntos de una casa
de interés social. El antebaño parece lobby; los espejos infinitos te devuelven
una versión mejorada de ti mismo. Los mingitorios, casi esculturas, recuerdan
relojes derretidos de Dalí. Arquitectura de autor para algo tan simple como
lavarse las manos. No entras a asearte, entras a confirmar que estás del lado
correcto del cristal. Ahí el respiro tiene precio. Cada gesto viene
facturado. No pagas por comer, pagas por pertenecer. Y ahí mismo se practica una curiosa forma de
democracia. No se vota con boleta, se vota con tarjeta dorada. Gana quien más
consume. La voluntad popular se mide en propina. El mesero sonríe más al que
más paga. La igualdad cabe en el discurso, no en la mesa. Al día siguiente cruzas la ciudad y todo cambia. Piso
de cemento. Mesa de lámina. Vaso de plástico. Servilleta de papel. Si hay
espacio, te sientas; si no, te recorren. Nadie pregunta cuánto tienes. El menú
se canta. La cerveza se destapa y listo. Aquí no hay protocolo, hay
conversación, hay risas, hay quejas, hay vida. Aquí la política no se murmura, se discute. Se reclama
sin cita, se prometen soluciones sin micrófono, los votos no guiñan, se exigen.
Huele a calle, a comida frita, a realidad. Nadie cobra la palabra. Nadie te
mide por la marca del cinturón. Se habla parejo. El ciudadano común transita ambos mundos sin drama.
Puede comer elegante un domingo y botanear el lunes. Somos mezcla. Somos
mosaico. Pero el problema empieza cuando quien gobierna olvida uno de los dos. Casi todos los que llegan al poder vienen de abajo.
Conocen el precio de la quincena, el fiado, la cubeta compartida. Sin embargo,
cruzan el cristal y cambian los modales, las lealtades, los silencios. Empiezan
a escuchar sólo aplausos acolchonados y confunden cortesía con apoyo, silencio
con consenso. Entonces la política se vuelve evento privado; se gobierna para
quien puede pagar la cuenta y el resto observa desde la puerta, como si el país
fuera un salón exclusivo. Ojalá esta vez no sea así. Que quienes crucen el
cristal no olviden el polvo en sus zapatos ni las voces que los llevaron hasta
ahí, que comprendan que el poder es encargo, no privilegio. Que no repitan la
costumbre de encerrarse ni cambien la calle por el espejo, que mantengan
abierta la puerta y recuerden que gobernar no es elegir mesa, sino sentarse en
todas: escuchar la copa de cristal y el vaso de plástico, oler perfume caro y
jabón sencillo, entender que el país no cabe en un mantel, sino en todas las
mesas.
Y todavía faltan las otras, las que casi nunca se
nombran. La mesa del obrero que come de prisa junto a la banqueta, la del
taxista que almuerza en el cofre del carro, la de la madre que reparte el guiso
para que alcance. Mesas sin mantel, sin diseño, sin reseña gastronómica. Mesas
donde nadie aplaude, pero todos sostienen el día. Ahí también se cocina el
país. Ahí se decide el voto sin copa ni protocolo. Son las mesas que no salen
en la foto oficial y, sin embargo, son mayoría. Ignorarlas no es descuido, es
ceguera política. Porque la democracia no se sirve en porcelana, se reparte
entre quienes apenas tienen tiempo de sentarse.
