Para no mendigar…
MARÍA EUGENIA GONZÁLEZ PEREYRA
Viernes 20 de Febrero de 2026 1:25 pm
SÉ que en alguna ocasión hemos visto
a una pequeña niña sonreírle a papá, buscarlo, hacerle mimos; también hay niñas
que solo anhelaron escucharle decir: tranquila, mi amor, yo te cuido, no pasa
nada. Palabras simples; palabras que pesan toneladas cuando nunca llegan. La primera energía masculina que
una mujer conoce es la de su padre; no solo al transmitirle la vida, sino en
cada presencia o ausencia física o emocional. Papá no solo forma. Papá marca, y
en las pequeñas se enraíza tan profundo esa energía que sostiene su identidad
ya de adultas; lo que después creemos ser deseo, anhelo o gran amor, a veces
solo es un intento disfrazado de contarnos una historia que de niñas no
existió. Muy pocas mujeres se atreven a esta
pregunta: ¿Lo que siento por él es amor, o es una herida antigua con papá que
quiero sanar enamorándome? Cuando una niña no recibe la mirada
emocional de papá, ya sea porque es ausente, frío, adicto, trabaja demasiado, o
sus traumas no le permiten estar, algo silencioso ocurre. No culpa a papá;
crece culpándose a sí misma. Desde ese lugar se cuenta un cuento que dirigirá
su vida: debo esforzarme; no merezco; tengo que ser lo que ellos quieren, para
lograr recibir el respeto y la contención que papá no me pudo dar. Tanto el estudio del apego como la
mirada sistémica de Bert Hellinger coinciden en algo: ese cuento no desaparece
con la edad; se convierte en patrón de elección. No se elige pareja libremente;
se elige lo emocionalmente familiar, aunque lastime, aunque repita, aunque
agote. Y cuando el amor de papá llegó envuelto en tensión y promesas rotas, el
sistema nervioso aprende que así se siente amar. La pareja disponible aburre;
la distante, ambigua, intermitente, enamora. No es química; es el eco de una
herida que se abre cada vez que creemos elegir. El movimiento que necesitamos no es
olvidar ni justificar; es reconocer lo que ya ocurrió, aceptar que papá fue
quien pudo ser, y comprender que esa diferencia no es nuestra condena. Ninguna
pareja puede cargar ese peso; ninguna relación adulta debería intentarlo. A
veces por eso fracasa el amor. El movimiento ideal ocurre en la
adolescencia: soltar ese vacío y dejar libre a papá. Pero si no llegó entonces,
siempre es tiempo ahora; para eso está la terapia, ese es el trabajo que te
invito a hacer conmigo. Sanar no es solo un pensamiento, es un movimiento del
alma. No se requiere tocar fondo; solo querer y estar dispuesta a vivir mejor y
ser feliz. Si eres hombre, pregúntate si eres
el tipo de persona que te gustaría que tu hija tuviera como pareja. Si eres
mujer, respóndete si estás eligiendo la repetición del dolor, o si es tiempo de
mirar la herida de frente y convertirla en experiencia que te haga más entera,
no más rota. Innovemos algo ¡Ya! Sanemos esa
mirada, para no mendigar, para no lastimar; observa, decide, respétate. No
permitas ni dar ni darte menos de lo que el amor verdaderamente contiene.
innovemosalgoya@gmail.com
