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La economía del miedo



DAVID VILLARREAL ADALID


Martes 24 de Febrero de 2026 12:39 pm


 

 

La economía no son solo cifras macroeconómicas. En realidad, la economía emerge de la conducta de las personas. En la decisión de abrir el negocio una hora más, de contratar a alguien o de solicitar un crédito. Cuando el entorno provoca incertidumbre permanente, las decisiones cambian. Y cuando cambian millones de decisiones individuales, cambia la economía.

La teoría económica supone que los individuos evalúan riesgos y beneficios racionalmente. Sin embargo, la economía conductual demuestra que bajo la influencia del temor predomina la aversión a la pérdida: las personas buscan proteger lo que ya tienen antes de exponerse a una posible ganancia adicional. Este comportamiento, que documenta Daniel Kahneman, se intensifica cuando la percepción de inseguridad se vuelve común.

En México, la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública (ENVIPE) reporta constantemente que más de la mitad de la población adulta siente inseguridad. Una proporción relevante declara haber modificado hábitos: evita salir de noche, reduce visitas a ciertos espacios o ajusta rutinas de traslado. Estos cambios tienen implicaciones económicas. Si circula menos gente a ciertas horas de la noche, hay menos clientes potenciales para restaurantes o comercios. Una menor asistencia a eventos, reduce ingresos en sectores como el cultural o de entretenimiento.

El fenómeno también se observa en la conducta empresarial. Cuando un pequeño empresario percibe un entorno incierto tiende a limitar inventarios, no solicita créditos o pospone contratación de personal adicional. Estas decisiones responden más a las expectativas que a una realidad que corre. En términos agregados, esto implica una menor tasa de crecimiento de la economía.

El Instituto para la Economía y la Paz ha estimado que el costo económico de la violencia en México se sitúa, en años recientes, entre el 15 por ciento y el 18 por ciento del PIB. Esta cifra incorpora no solo los gastos directos (en seguridad, atención médica, justicia y reparación del daño), sino también las pérdidas de productividad y los efectos indirectos sobre la actividad económica. Más allá del monto preciso, el indicador subraya la magnitud del impacto que la violencia ejerce sobre el desempeño económico del país.

Sin embargo, el efecto más relevante y persistente no reside únicamente en los costos cuantificables, sino en la alteración de las expectativas de mediano y largo plazo. La inversión productiva requiere horizontes de planeación amplios y estables. Cuando la percepción de riesgo se intensifica, esos horizontes se acortan, lo que lleva a decisiones de inversión más conservadoras, con menor disposición a comprometer recursos en proyectos de mayor escala o mayor plazo.

El fenómeno que aquí se describe no se traduce en un colapso abrupto ni en una contracción visible de la actividad económica. Más bien se manifiesta como una desaceleración gradual del dinamismo: menor creación neta de empresas, ritmos más moderados de contratación formal, y una contracción relativa en el gasto de sectores sensibles a la percepción de seguridad y movilidad social. La economía continúa operando, pero con una intensidad y una capacidad de expansión notablemente menores.