La mesa que más aplauda
RUBÉN DARÍO VERGARA SANTANA
Miércoles 25 de Febrero de 2026 12:54 pm
PEDRO llega al jardín
de la colonia, al sur de la ciudad. Son como las 5:30 de la tarde y el evento
está anunciado para las 6:00 PM. El templete ya está listo, las sillas de
plástico pegaditas para que el lente no descubra huecos, las bocinas con USB
probando sonido, uno, dos, tres, probando equipo. El organizador de las porras
levanta la mano y ensaya la ola como si fuera coreografía de quinceañera. Aquí
nada se improvisa. Antes de que el candidato aparezca, la avanzada ya repartió
jitomates de segunda, gorras con el logotipo y termos de plástico que servirán
para el agua fresca. No es lujo, es utilidad inmediata. Es el recordatorio
físico de que alguien estuvo ahí antes del discurso. Luego vienen las
historias que pesan más que el jingle. Que llamó a Ciapacov y arreglaron la
fuga que llevaba días tirando agua. Que marcó a Servicios Públicos y podaron
los ficus que tapaban la luz. Que ahora la luminaria sí prende y la calle dejó
de ser boca de lobo. Que movió contactos para que atendieran rápido en el IMSS.
Que apoyó a un muchacho para entrar al ISENCO. Que en la cabalgata de las
fiestas de la Villa se veía firme, montado en su caballo, sombrero bien puesto,
de “cuatro pedradas”, saludando sin prisa. Gestión e imagen. Acción y
presencia. En el sur la política no se explica. Se ve. Se toca. Se agradece. Ahí el aplauso nace de
la gratitud, pero también de algo más profundo. No solo por lo que se resolvió,
sino por cómo se organizó la colonia. Ahora saben quién es el electricista, la
señora que plancha ajeno, el pintor de casas, el fontanero, el maestro que da
clases de matemáticas. No solo se conocen, se contratan. El trabajo se queda en
el barrio. El dinero circula entre vecinos. Las habilidades se convierten en
ingreso y la comunidad empieza a fortalecerse también en lo económico. La
política no es discurso largo ni promesa abstracta, es intervención visible. Es
alguien que mete la mano para que el sistema funcione cuando no estaba
funcionando. Es apoyo real, no solo mitin. Horas después Pedro
cruza la ciudad hacia el norte. No se puede caminar de un lugar al otro; la
distancia es real y también simbólica. Llega a un restaurante en un
fraccionamiento donde nada parece urgente. El agua corre con buena presión. La
basura ya fue recogida. Las calles están iluminadas y el pavimento no tiene
remiendos. El aire huele a limpio. Es cena. Luz tenue, mesas bien vestidas,
cortes al término pedido, conversación medida. Aquí no hay jitomates ni termos.
El mismo candidato; otro tono. Pedro entiende entonces
que no son dos campañas distintas, sino la misma adaptada al terreno. En una
mesa se vota desde la gratitud y la organización que fortaleció la vida
comunitaria. En la otra se vota desde la estabilidad y la previsión. Ambas
expresiones son legítimas dentro de una democracia que permite distintas
motivaciones para decidir. La gestión eficaz no es delito; al contrario, es
obligación del servicio público cuando se ejerce dentro del marco
institucional. Mientras tanto, los
espectaculares iluminan la noche y las encuestas circulan con porcentajes que
alimentan conversación. La percepción de ventaja no sustituye la voluntad
ciudadana, pero sí influye en el ambiente. Y ahí está el punto delicado. Cuando
el resultado parece inclinarse demasiado pronto en la opinión pública, la
competencia se vuelve menos incierta, aunque no por ello inexistente.
La política a veces
parece reducirse a la mesa que más aplauda. No importa si el aplauso viene del
sur agradecido o del norte estable; lo que importa es que suene fuerte y
coordinado. La democracia necesita gestión, sí, pero también necesita
competencia real, libertad para decidir sin presión, información suficiente y
alternancia posible. El voto conserva su valor precisamente cuando puede
sorprender. Si el aplauso del jardín y el respaldo de la sobremesa coinciden
antes de tiempo, no significa que la elección esté cancelada, sino que la
percepción ya empezó a jugar su propia partida.
