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Crisis en Medio Oriente: impacto económico para México



DAVID VILLARREAL ADALID


Miércoles 04 de Marzo de 2026 12:41 pm


EL petróleo mexicano vuelve a estar en el centro de la conversación. El Brent ya superó los 79 dólares por barril y en las últimas sesiones ha estado cerca de los 82, empujado por la tensión renovada en Medio Oriente y el temor creciente a que el Estrecho de Ormuz (por donde pasa una quinta parte del crudo mundial) se convierta en un punto de fricción insostenible.

Para México, cada dólar extra cuenta y mucho. Producimos cerca de 1.7 millones de barriles diarios (Pemex reportó 1.655 en los primeros meses del año), y aunque exportamos menos volumen que en otras épocas (apenas 294 mil barriles diarios en enero, el nivel más bajo en mucho tiempo), el precio internacional sigue siendo un multiplicador potente de ingresos. Si el barril se estabiliza en 90 dólares o se acerca a los 100 durante varios meses, el gobierno podría recibir un ingreso petrolero adicional de decenas de miles de millones de pesos en un año. Eso representa oxígeno fresco para las finanzas públicas, sobre todo cuando el presupuesto ya parte de una estimación cautelosa de 54.9 dólares por barril para la mezcla mexicana.

Más divisas entrando fortalecen las cuentas del país y abren espacio para sostener programas sociales, avanzar en infraestructura o aliviar un poco la presión sobre el déficit. Es una oportunidad que no se veía con tanta claridad desde hace años.

Sin embargo, el panorama tiene dos caras. México importa buena parte de la gasolina y el diésel que consume. Refinamos poco más de un millón de barriles diarios de combustibles y el consumo interno exige más. Cuando el crudo sube de precio, el costo de esas importaciones se dispara de inmediato. Para evitar que el golpe llegue directo a las bombas, el gobierno suele activar estímulos al IEPS (reduciendo o eliminando el impuesto en las gasolineras). Ha funcionado en el pasado para mantener los precios al consumidor relativamente estables, pero cada peso que se deja de recaudar por ese camino es dinero que no entra a la tesorería. Si el precio alto se prolonga, el costo fiscal de esos apoyos puede volverse muy pesado.

El efecto no se detiene en la gasolinera. El diésel más caro encarece el transporte de todo: frutas y verduras que viajan desde el campo, mercancías que cruzan la frontera, insumos industriales. La agricultura, la manufactura y la logística sienten el tirón. La inflación (que ronda el 4 por ciento anual) podría recibir una nueva presión alcista justo cuando parecía estar moderándose. El Banco de México tendría que estar muy atento para no dejar que se descontrole.

México ya no depende del petróleo como hace cuatro décadas (cuando representaba casi la mitad del presupuesto), pero el crudo sigue siendo un activo estratégico capaz de cambiar el panorama económico de un año a otro. La pregunta de fondo es cómo administramos lo que entre. ¿Se canalizan esos recursos extras hacia inversión productiva, reducción de deuda o fortalecimiento de las finanzas públicas? ¿O terminan diluyéndose en gastos corrientes y subsidios que después pesan demasiado?