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Bioseguridad: la frontera invisible que protege



JUAN AUGUSTO HERNÁNDEZ RIVERA*


Jueves 05 de Marzo de 2026 2:12 pm


 

 

En el argot veterinario, solemos asociar la sanidad con vacunas, medicamentos o visitas técnicas. Sin embargo, existe una pregunta más básica y profunda: ¿qué tan protegidas están realmente nuestras unidades de producción frente a enfermedades que pueden entrar -o salir- sin que lo notemos? La experiencia nacional e internacional ha demostrado que la bioseguridad no es un lujo ni una moda técnica, sino una necesidad permanente. Los antecedentes son claros: cuando las barreras fallan, las consecuencias no sólo afectan a los animales, sino también a las familias, a los mercados y a la estabilidad productiva regional.

México ha vivido episodios que lo confirman. Durante el periodo de Felipe Calderón, el sector agropecuario enfrentó crisis sanitarias importantes. En 2009, la influenza A(H1N1) generó repercusiones en la porcicultura, con restricciones de movilización y afectaciones comerciales. En 2012, la influenza aviar H5N2 impactó severamente a la avicultura en una de las regiones productoras de huevo más importantes del país, provocando la pérdida de millones de aves. Más recientemente, distintas cepas de influenza aviar como H5N1 y H7N3 han mantenido en alerta a la avicultura nacional. Estos eventos no son para alarmar, sino para recordar que los virus y bacterias no respetan cercas ni calendarios.

Se estima que una alta proporción de enfermedades infecciosas que afectan a los animales pueden diseminarse a través de vehículos, ropa, calzado, equipo contaminado e incluso por visitas aparentemente inofensivas. En muchas ocasiones, el eslabón más vulnerable no es la infraestructura, sino el factor humano. Algo tan cotidiano como entrar a una granja con la misma ropa que se usa en casa, o utilizar las mismas botas en dos trabajos distintos, puede convertirse en un puente involuntario para transportar microorganismos.

La bioseguridad comienza con medidas sencillas pero disciplinadas. El uso exclusivo de botas de hule y ropa especial -overol o filipina- dentro de la unidad de producción no es exageración técnica; es una barrera básica. No hacerlo implica el riesgo de llevar agentes infecciosos al hogar, donde pueden enfermarse mascotas o incluso miembros de la familia. El escenario inverso también es real: aves ornamentales adquiridas sin control sanitario, como periquitos australianos, pueden actuar como vectores de enfermedades que después se introducen a granjas avícolas si no se extreman precauciones.

En sistemas tecnificados, la bioseguridad se organiza por zonas. La llamada Zona Roja corresponde al exterior: estacionamientos, oficinas y áreas de carga, donde el tránsito de vehículos externos representa mayor riesgo. La Zona Amarilla funciona como filtro sanitario: ahí el personal se ducha, deja la ropa de calle y se coloca el uniforme exclusivo de la granja. Finalmente, la Zona Verde es el área limpia de producción, donde solo se permite el ingreso con botas y ropa destinadas únicamente a ese espacio, pasando previamente por pediluvios o tapetes sanitarios. Esta separación por colores no es burocracia; es una estrategia probada para reducir la entrada y diseminación de patógenos.

Los efectos negativos de ignorar la bioseguridad pueden ser devastadores: mortalidad elevada, sacrificio sanitario, pérdidas económicas, interrupción de mercados y afectación a la confianza del consumidor. En contraste, los beneficios de aplicarla son silenciosos pero contundentes: estabilidad productiva, menor uso de antibióticos, mejor bienestar animal y mayor competitividad.

La buena noticia es que muchas acciones no requieren grandes inversiones. Colocar tapetes sanitarios en accesos, controlar el ingreso de visitantes, registrar antecedentes de contacto con animales, separar claramente la ropa de trabajo y reforzar la capacitación del personal son medidas accesibles. La clave no es la complejidad, sino la constancia.

En un estado como Colima, donde la producción pecuaria convive estrechamente con zonas urbanas y rurales, la bioseguridad debe entenderse como una responsabilidad compartida. Cada productor, trabajador y técnico es parte de una cadena que protege no solo a sus animales, sino también a su comunidad.

La bioseguridad es, en esencia, una frontera invisible. No se ve como una cerca física, pero define quién entra y quién no. Cuidarla es un acto de profesionalismo y de respeto por el trabajo propio. Porque en el trabajo, muchas veces, la mejor crisis es la que nunca ocurre gracias a la prevención.