NOS INCUMBE DESARMARNOS Y AMARNOS; PARA PREVENIR NUESTRO FUTURO EN PAZ
VÍCTOR CÓRCOBA HERRERO*
Jueves 05 de Marzo de 2026 2:12 pm
Debemos calmar los ánimos y
colmarnos de paciencia, con lenguajes de concordia y abecedarios de
apaciguamiento, para poder desarmarnos y tejer otro porvenir más armónico, con
un quehacer además desprendido y un obrar clarividente. Hoy más que nunca,
tenemos que ganar quietud en nuestro propio fuero interno y trabajar la
transparencia del cantar de la vida, si en verdad queremos encender los
corazones de afectos. Nadie puede ofrecer lo que no posee. Por ello, hemos de
cultivar los acuerdos cada día, haciéndolos presencia y camino en nuestros
andares. De lo contrario, se impregnará en nosotros un gran sentimiento de
impotencia, ante el curso de los acontecimientos, cada vez más inciertos. Cuando convenimos la coalición
entre cultos y culturas como un ideal lejano, terminamos por no considerar
escandaloso que se activen las contiendas, e incluso que se fomenten las
batallas para poner orden. No hay nada más mezquino que esta actuación
guerrera. Como gentes de verso en verbo que debemos ser, la agresividad hay que
destronarla de nuestros diarios existenciales; máxime sabiendo que cuando
estallan los conflictos, los niños son los más afectados. Desde luego, la mejor
protección es acabar con las guerras. Ojalá que sea el conocimiento y la
comprensión, lo que se valore plenamente en todas las sociedades. Esto
significa cumplir con las obligaciones del desarme, reconstruyendo la familiaridad
y reforzando las atmosferas del entendimiento entre análogos. Fomentar
la vía del diálogo en un mundo globalizado como el actual, es lo más acorde
para no caer en una espiral destructiva, que nos deja sin conciencia en un
territorio salvaje. No hay que ser el más león, sino el más conciliador. Se nos
olvida que, buscando el bien de nuestros semejantes, también encontramos el
nuestro. La bondad, más que ninguna otra cosa, es lo que mejor desarma a los
hombres. Quizás, por eso, sea bueno a veces volvernos párvulos. Nada tiene la
capacidad de cambiarnos tanto como un hijo. Está visto que nada nos inquieta,
como pensar en nuestros descendientes y en su fragilidad, hasta el extremo de
hacernos más humanos y lúcidos, respecto a lo que permanece o a lo que pasa, a
lo que da savia y a lo que provoca muerte. Sea como fuere, a poco que nos
adentremos en la cotidianidad de nuestro mundializado diario, percibiremos que
el sueño de la estabilidad y el equilibrio parece un imposible, puesto que cada
aurora está todo más en peligro. El uso de armas nucleares está ahí, es el más
grande en decenios. La crecida de tensiones tampoco cesa, llevándonos a un
gasto militar que verdaderamente causa pavor. Lo mismo sucede con el aluvión de
oscuridades sembradas, a las que hay que añadirle todo tipo de armas que están
proliferando y que, sumadas a las tecnologías emergentes, hacen que los trances
sean aún más tóxicos. Ojalá aprendamos a discernir,
comenzando por reconocer que una tregua internacional verdadera y constante no
puede apuntalarse en el equilibrio de fuerzas militares, sino en la confianza
recíproca. Es deseable que, cada espacio
viviente, se convierta en un espacio habitable de convivencia; sin
conveniencia, donde cada cual aprenda a reprenderse para poder desactivar la
hostilidad, que reina y gobierna en muchas partes del planeta. La unión no es
una utopía, se trata de comprometerse con el cumplimiento de las condiciones
acordadas, para iniciar una alianza firme y amistosa; lo que conlleva tomar la
cultura del abrazo, como senda de la mediación y sanación. Un espíritu
reconciliado consigo mismo, sabe apaciguar también con los demás, y no levantar
la espada de la discordia, que es lo que nos tritura el alma. Un nuevo orbe
nace cuando dos seres se abrazan. Cultivemos esta hazaña, ¡amándonos! Venga a
nosotros, pues, el pan de cada día con la paz en cada noche.
