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Aún



MARÍA EUGENIA GONZÁLEZ PEREYRA


Viernes 13 de Marzo de 2026 11:37 am


En un acto de consciente rebeldía, hoy escribo lo que no escribí el pasado 8 de marzo; lo hice, porque ante el revuelo a veces se pierden los detalles, y como de todas maneras cada día ocurren atrocidades, torcidas perversiones que no alcanzo a comprender por más que me esfuerce, por eso estoy hoy aquí con mi corazón aún rebelde.

El miedo y el dolor que desde mis mujeres ancestrales me alcanza, más la elección de vivir en amable compasión, a veces no me permite entender la magnitud de esos recovecos que guardan el dolor y la crueldad que mueve a un perpetrador a lacerar como lo hace.

Leyendo por ahí, di con una aberrante legalidad del pasado, pero las fechas me anudaron el estómago. Sé bien que no soy una niña y que aún no soy una viejita; pero en 1997, todavía 15 países de Latinoamérica tenían en sus códigos penales una figura que protegía al perpetrador, en Ecuador hasta 2014 se modificó su código. En Italia hasta 1981, bajo el nombre de matrimonio riparatore, existió un permiso y un premio legal por violar a una mujer: si el violador se casaba con su víctima, ya no iba a la cárcel.

Fue hasta 1966 cuando, de manera pública y escandalosa, una mujer se negó a casarse con su violador, y eso a mí me sacudió; quizá porque yo nací ese año, y cuando despertaba en mí la mujer que aún dormía, en 1981 en Italia modificaron la ley y dicha figura reparadora dejó de ser opción.

Sin embargo, aún la brutalidad se ejerce; tal vez no con la permisividad de una ley, sino con la tradición cultural que prevalece. En México esa figura escondió la violación con conceptos como el estupro o el rapto, pero seguía siendo la misma gata revolcada.

Como si la violación o el abuso sexual pudieran ser reparados, cuando incluso décadas después de que una mirada o un roce perverso nos humilló, el alma no se repara; ahora imagínate la tortura de tener hijos y ser la esposa de tu violador. Y sin ir lejos, aún hay familias que ayudan al monstruo silenciando y ocultando los ultrajes.

Asco es lo que siento, y me obliga a cuestionar qué estamos haciendo para criar hombres con tanto dolor, con tanta crueldad, capaces de maltratar, someter, aniquilar. La verdad es que no es historia Antigua, sino noticia del último minuto, porque con o sin el aval de la ley, todos los días, a todas horas, una niña, una joven o una mujer es mancillada, repudiada, atormentada.

Si eres padre, reflexiona si tú eres el tipo de hombre que quieres que tu hija tenga en su vida adulta; si eres madre, pregúntate si vale la pena voltear para el otro lado mientras el padre, el padrastro, el abuelo o el tío mira con lascivia a esa niña, a esa jovencita, para que tú estés cómoda. El que no lo veas no quiere decir que no exista.

Innovemos algo ¡ya! Es importante hacerlo diferente y mejor; es tiempo de hacernos responsables, de atender nuestra propia historia y criar hombres de bien y mujeres libres y sin miedo.

 

innovemosalgoya@gmail.com