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EMPATÍA EN PROMOCIÓN (SOLO HOY)



VÍCTOR MANUEL VILLALOBOS CHÁVEZ


Viernes 13 de Marzo de 2026 11:35 am


Tengo una teoría: en México no nos falta empatía. Nos falta consistencia. La empatía aquí funciona como tarjeta de puntos: si eres de los míos, te abrazo; si no, te explico por qué “te lo buscaste”. Si tu dolor confirma mi historia, lo comparto. Si tu dolor me incomoda, lo minimizo. Y si tu dolor me obliga a cambiar algo, entonces sí… “lo revisamos en la próxima administración”.

A eso le llamo empatía selectiva: esa que se enciende con un caso viral y se apaga cuando la solución requiere esfuerzo, presupuesto o paciencia. Esa que llora por una tragedia, pero se desespera cuando una mamá pide un ajuste razonable para su hijo con autismo. Esa que exige justicia, pero solo cuando la injusticia le queda cerca, le conviene o le da likes.

Jonathan Haidt, en La mente de los justos, lo explica con una idea que pica: muchas veces no razonamos para llegar a una postura moral… razonamos para defender la postura que ya sentimos. Primero viene la intuición: “esto está bien” o “esto está mal”. Luego viene la mente abogada: elegante, rápida y muy creativa para justificar. Y así, sin darnos cuenta, convertimos la empatía en arma: la usamos para proteger a nuestra tribu y para castigar a la tribu contraria.

Por eso hoy vemos escenas absurdas, pero comunes: gente que se indigna con fuerza contra la violencia, pero normaliza la burla al “diferente”. Personas que dicen “nadie merece sufrir”, excepto cuando el que sufre “no piensa como yo”. Ciudadanos que piden inclusión, pero se quejan si una persona con discapacidad tarda en cruzar la calle. Y ni hablar del autismo: queremos “conciencia” en abril, pero en mayo vuelve la prisa, el juicio y el “controla a tu hijo”.

La empatía selectiva tiene una frase favorita: “yo no tengo nada en contra, pero…”. Ese “pero” es el botón de expulsión social. “Yo no tengo nada en contra, pero que no grite.” “Yo no tengo nada en contra, pero que no estudie aquí.” “Yo no tengo nada en contra, pero que no trabaje con clientes.” Es el “sí, pero no aquí” disfrazado de sensatez.

Y ojo: no lo digo para señalar a “los malos”. Lo digo porque todos caemos. La mente humana viene con modo tribu instalado de fábrica. La pregunta no es si lo tenemos; la pregunta es si lo vamos a cuestionar.

Si queremos una sociedad menos rota, tenemos que incomodarnos un poquito: practicar empatía cuando no se siente natural. Empatía sin aplauso. Empatía sin cámara.

Empatía que se traduce en acciones simples: esperar, preguntar antes de juzgar, hacer espacio, ajustar reglas sin humillar, tratar a la persona como persona. En derechos humanos, el Estado tiene obligación. Pero la calle también educa, la escuela también decide, el negocio también incluye o excluye, y la familia también marca el tono.

La prueba final de empatía no es llorar con lo que duele. Es sostener humanidad con lo que incomoda. Porque la empatía selectiva es fácil… lo difícil es la empatía justa. Y esa, aunque no se haga viral, cambia vidas.

 

*Presidente de la Fundación Tato