T-MEC al filo: integración subordinada o ruptura costosa
DAVID VILLARREAL ADALID
Martes 17 de Marzo de 2026 12:34 pm
La
revisión del T-MEC que arrancó en marzo de 2026 en Washington es fundamental
para entender lo que viene en la relación entre México y EU. Es, en los hechos,
el acontecimiento que definirá qué tipo de vecindad económica tendremos en
América del Norte durante la próxima década. El 1 de julio de 2026 los tres
gobiernos tendrán que decir si extienden el acuerdo tal cual, lo ajustan a
martillazos o lo dejan flotando en un limbo que nadie desea. Washington
no llega con intención de improvisar. La Oficina del Representante Comercial ya
lo dejó claro: el ejercicio busca reducir la dependencia de insumos
extra-regionales (léase China, sobre todo), apretar las reglas de origen y
blindar las cadenas de suministro norteamericanas. Dicho sin eufemismos: menos
componentes asiáticos circulando por la región y más presión para que la
manufactura instalada en México se ajuste a una estructura de contenido
regional mucho más exigente. Es una jugada política con acento proteccionista. México,
por su parte, no quiere abrir la caja de Pandora. La apuesta oficial es
preservar el esquema trilateral, renovar sin polémicas y lo más rápido posible.
No cuesta entender por qué: ocho de cada diez dólares que exportamos terminan
en EU. Romper esa conexión o meterle ruido innecesario sería dinamitar el
principal motor de la economía actual. El nearshoring, que ya venía
tambaleante por la incertidumbre regulatoria y los vaivenes políticos, necesita
oxígeno urgente. Por eso la estrategia mexicana es contención de daños:
conservar certidumbre, no reescribir el tratado desde cero. Pero
la discusión no se quedará en reglas de origen ni en porcentajes de contenido
regional. Ya asoman en la mesa temas que preocupan: el sector automotriz, el
acero, los mecanismos de solución de controversias, las condiciones laborales
mexicanas, el acceso al mercado canadiense de lácteos y, por supuesto, las
quejas estadounidenses sobre energía y seguridad económica. Una
ruptura total parece improbable. El comercio que ampara el tratado mueve más de
1.6 billones de dólares al año; agricultores de Iowa, fabricantes de autopartes
de Michigan y maquiladoras de Coahuila o Nuevo León tienen demasiado que
perder. Sin embargo, nadie debería esperar una renovación limpia. Lo más
realista hoy es un acuerdo recargado: ajustes que eleven el porcentaje de
contenido regional, mayor escrutinio laboral e industrial sobre México y, sobre
todo, la amenaza permanente de revisiones periódicas como instrumento político. Al final, la pregunta no es si el T-MEC sobrevive.
Sobrevivirá, casi seguro. La verdadera encrucijada es en qué términos lo hace. Porque
México está obligado a defender el acceso al mercado más grande del planeta sin
que ese acceso se convierta, de facto, en una integración subordinada que
termine de cerrar las ventanas a un desarrollo industrial más autónomo y
ambicioso. Esa es la renegociación de fondo que ya empezó. Y no hay manera de
disimular que, en esta ronda, la asimetría pesa más que nunca.
*Presidente de la
Asociación de Egresados de Economía UCOL
