En el justo medio radica la virtud
VÍCTOR CÓRCOBA HERRERO*
Jueves 26 de Marzo de 2026 1:12 pm
Los excesos no son convenientes, ni siquiera
en lo bueno. Tanto es así, que la vida deja de ser aceptable, cuando somos
incapaces de que cohabite en nosotros cuerpo y espíritu, o de convivir entre
unos y otros; lo que requiere cultivar el amor y aprender a amar, como la
primera condición para saber vivir. En la desconsideración residen todos los
males, con su aluvión de perversidades, que nos deshumanizan por completo. El
miramiento hacia lo que nos rodea es realmente lo que nos alienta y armoniza. Apreciémonos
y pronto nos daremos cuenta, que cuando los que disponen pierden la vergüenza,
los que obedecen también abandonan la estima. De hecho, una sociedad vive en el
hermanamiento, cuando ha llegado a un consenso, sobre el carácter trascendental
de su propio ser. Sin embargo, los desequilibrios y la falta de
sueños nos están dejando sin nervio solidario, mientras aumenta el número de
las pesadillas, cada día más tormentosas. Estamos, pues, todos obligados a
recapacitar y a preguntarnos hacia donde queremos ir o hacia donde nos estamos
arrojando. Quizás debiéramos modificar actitudes, para conciliar realidades y
fundamentos que parecen contradecirse. Es vital dar pasos decisivos en el camino del
desarme, hallando el modo de sustituir el ordeno y mando del terror, por el
equilibrio de la confianza en el servicio y en la disposición hacia cualquier
persona semejante a nosotros, miembro de la familia humana, que se beneficiará
del progreso colectivo y contribuirá a restablecer más sólidamente la
concordia. Hoy más que nunca, hace falta sumar pulsos
pensantes para concertar moderación, pues también la tierra pierde su
ponderación y entra en números rojos al retener más calor que el que emite. Son,
justamente, las actividades que generamos a diario; las que alteran cada vez
más el aplomo natural en esta época de continua destrucción del espíritu
humano, donde nadie respeta nada, porque el dominio del poder no tiene
principios ni fundamentos morales. Olvidamos que los endiosamientos nos vuelven
estúpidos y rencorosos. En consecuencia, necesitamos tanto como el
comer, tomar otras realidades, que nos ayuden a organizar situaciones con la
sensatez del orden originario, iluminando de este modo el desconcierto de
nuestras existencias. Metámonos esto en la cabeza. Se requiere el
valor de todos los órganos del gran tronco de las naciones para poder pasar del
peso del miedo al contrapeso de la confianza. Pensemos en que la paz tampoco es
la ausencia de guerras, más bien es una virtud, un estado de la mente, una
disposición a la generosidad, al compañerismo y a la ecuanimidad. Sea como
fuere, es tiempo de no desfallecer en el objetivo de un mundo más unido,
desvinculado a los intereses particulares y a las rivalidades, con una
compenetración de ayuda mutua y alcance de resultados concretos y universales.
Ciertamente, la avenencia es fundamental en un orbe global, para impedir que se
repitan historias trágicas, que lo único que acrecientan es el estado salvaje y
el desánimo. Nos hemos globalizado, es un buen signo, pero
aún mejor será fraternizarnos, más que otra fórmula humanitaria. Las naciones
no avanzan en un asiento precario. Además, nada se puede reconstruir sin
quietud, ni tampoco vivir sin sosiego; precisamos sociedades con atmósferas tranquilas,
que fomenten la cultura del abrazo sincero, con el bienestar de sentirse
arropado en todo momento y ante cualquier situación. Por ello, solicitamos
ponernos al servicio del auténtico querer para poder legarse. Hagámoslo de corazón.
corcoba@telefonica.net
