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Historias de tiempos idos



JOSÉ ÁNGEL BRAMBILA LEAL


Lunes 06 de Abril de 2026 9:35 am


Tonaya era entonces un pequeño y lindo pueblecito, aislado de las grandes ciudades por los cuatro puntos cardinales, cuando sólo los tres o cuatro camiones de carga que había en el pueblo cruzaban el Llano en Llamas y atravesaban la Sierra de Amula para llegar a Zapotlán el Grande, tras un viaje que lo menos que podía durar eran unas 12 horas, si no eran tiempos de lluvias, cuando los mismos viajes podían durar días enteros. Alejado de todo, Tonaya vivía su propio ritmo de vida, sin saber que más allá de sus fronteras había todo un mundo por descubrir. Era el inicio de la segunda mitad del Siglo 20 y las tradiciones de mi pueblo eran las más bellas y auténticas de la región.

Llegaban los tiempos de la Semana Santa. Lo invade a uno la nostalgia de aquellos tiempos en que todos sus días eran sagrados, aunque a partir del Jueves Santo y hasta el Domingo de Resurrección, el silencio, el recato y la religión formaban los momentos más importantes en la vida familiar, y el Viernes Santo era un día tan especial, que el silencio envolvía todos los hogares donde residían muchos descendientes de aquellos oriundos de Francia, Alemania, Italia, España y otras nacionalidades, quienes arribaron a Tonaya buscando minas y, algunos más, buscando mejores condiciones de seguridad que sus antecesores, quienes habían llegado a nuestro territorio durante la conquista de los españoles.

Las celebraciones de Semana Santa en Tonaya son una mezcla de fe y tradición, destacando las procesiones que cruzan por todo el pueblo, donde la figura de Cristo crucificado se venera con gran devoción. Algo que todavía es impresionante es la cantidad de jóvenes (hombres y mujeres), quienes participan con destacado entusiasmo y un profundo respeto por las procesiones, que son seguidas por el pueblo entero.

Quizás sea por ello que en la región del Sur de Jalisco surgió en el pasado una cantidad impresionante de sacerdotes, quienes procedían principalmente de Tonaya, El Grullo, San Gabriel, Tuxcacuesco, Apulco y otras poblaciones, que con gran orgullo los recibían cuando regresaban para cantar la primera misa en sus añorados pueblos. En aquellos tiempos los jóvenes salían de sus comunidades para estudiar en el seminario de Colima, que llegó a tener centenares de seminaristas, quienes recibían alimentos de muchos benefactores colimenses, ya que en el seminario no alcanzaban a alimentar tantas bocas.

Aún recuerdo cuando en el año 2008 vino a Colima el Nuncio Christophe Pierre y en el seminario del Cóbano expresó su satisfacción por ver a “tantos seminaristas” que estudiaban en el seminario. Lo irónico es que, ya para entonces, sólo era un número de aproximadamente 14 seminaristas, lo que habla de una crisis de vocaciones sacerdotales en la iglesia. ¡Amén!

¿Gusta opinar? Lo espero en Las Mentadas.

 

jbrambilaleal@yahoo.com.mx