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La pesca en la Laguna de Cuyutlán



RUBÉN DARÍO VERGARA SANTANA


Miércoles 08 de Abril de 2026 10:23 am


Desde la Laguna de Cuyutlán el pescador sale a buscar el sustento diario. Lo hace en lancha con motor fuera de borda, en el mejor de los casos, o desde la orilla con lo que tiene a la mano. Se prepara con la precisión de quien no puede fallar, porque aquí la regla es simple: si no hay pesca, no hay día. En ese trayecto se mueve una economía completa que muchos no ven, pero que sostiene a familias enteras.

La jornada se mide en resultados. Cada salida es incertidumbre y cada regreso define si se come o se ajusta. Cada captura no es mercancía en frío, es comida, es escuela, es lo básico para seguir. Por eso la pesca no es un sector cualquiera, es una forma de vida que no se entiende desde un escritorio ni desde un informe.

La ley ahí está y pone orden. Reconoce la pesca como una actividad de interés social y fija reglas claras para que el recurso no se agote. Permisos, vedas, cuotas, zonas, todo tiene control. El agua también tiene régimen, es de la nación y su uso está sujeto a regulación. Es un sistema pensado para cuidar lo que existe y asegurar que mañana también haya pesca.

El pescador no anda citando leyes, pero las vive todos los días. Sabe hasta dónde puede, sabe qué pasa si se sale de la línea. Sabe que si falla hay sanción. Pero también carga con el cómo sostener su familia mientras cumple con todo. Ahí es donde se siente la distancia. No es pleito con la ley, es la realidad empujando todos los días.

Esa distancia no significa que la norma esté mal. El pescador entiende mejor que nadie que sin vedas no hay reproducción, que sin control se acaba el recurso. Pero una cosa es ordenar y otra no ver a quien vive de eso. La ley cuida el entorno, pero la vida ocurre en la laguna, en lo que entra o no entra a la red.

Y aquí es donde empieza a cambiar algo. Se nota con creces que las autoridades locales han entendido mejor el terreno. Hay comunicación directa, hay presencia, hay apertura. Eso importa, porque empieza a cerrar la brecha entre lo que se regula y lo que realmente se vive.

En ese marco no puede pasarse por alto que ya existe un canal directo de diálogo. En meses recientes, pescadores de la laguna sostuvieron audiencia con la gobernadora Indira Vizcaíno Silva, donde expusieron de primera mano sus inquietudes sobre su actividad y el impacto del desarrollo en la zona. Este acercamiento confirma que el tema está en la agenda pública y que la comunicación institucional no está cerrada, sino en construcción, lo que abre la posibilidad de que el desarrollo se construya con ellos y no a costa de ellos.

Esto cobra más fuerza con lo que viene para la zona. El desarrollo portuario ya está en marcha y va a transformar el entorno. Pero no se plantea como un proceso que arrasa, sino como uno que incorpora. Se empieza a entender que crecer no es desplazar, es integrar.

El puerto no tiene por qué comerse a la pesca. Puede caminar junto a ella. El pescador no estorba, forma parte del territorio, de su historia y de su dinámica. Un desarrollo serio lo reconoce y lo incluye.

Integrar no es discurso, es trabajo constante. Es escuchar, ajustar, planear con todos dentro. No se trata de quitar para poner otra cosa, se trata de sumar. Cuando eso se entiende, el desarrollo deja de ser amenaza y se vuelve oportunidad real.

Desde la laguna no se construyen discursos, se viven consecuencias, y ahí se entiende que el desarrollo no puede dejar fuera a quien depende de esto para vivir. El pescador no está aparte del progreso, es parte de su base. El reto no es escoger entre reglas o sustento ni entre puerto o pesca, el reto es que todo avance junto sin dejar a nadie atrás. Y entenderlo a tiempo define el rumbo.

El pescador no pide privilegios, pide respeto y condiciones dignas. Cuando eso se cumple, el desarrollo deja de ser discurso y se vuelve realidad con justicia social.