Tuberculosis bovina: lo que debemos saber
JUAN AUGUSTO HERNÁNDEZ RIVERA*
Jueves 09 de Abril de 2026 10:28 am
En la producción pecuaria hay enfermedades que no
siempre se manifiestan de forma evidente, pero que, con el tiempo, pueden
afectar la productividad y la salud de nuestros animales. La tuberculosis
bovina es un ejemplo claro. Comúnmente se suele asociar con problemas visibles
o de rápida evolución, sin embargo, en este caso hablamos de una enfermedad de
curso lento, que puede permanecer durante meses o incluso años sin signos
claros. Esto plantea una pregunta importante: ¿cómo atender un problema que muchas
veces no se ve, pero que sí impacta? La tuberculosis bovina es causada por Mycobacterium
bovis, una bacteria que afecta principalmente a bovinos, aunque también
puede encontrarse en otros animales y, en ciertos casos, transmitirse al ser
humano. Su importancia no sólo radica en el aspecto sanitario, sino también en
sus implicaciones productivas: disminución en la producción de leche, pérdida
de peso y, en situaciones más avanzadas, decomisos en canal durante la
inspección en rastro. En México, esta enfermedad ha sido atendida durante
décadas mediante estrategias organizadas que incluyen diagnóstico, vigilancia
epidemiológica y control de la movilización animal. Estas acciones forman parte
de un esquema nacional que busca reducir progresivamente la presencia de la
enfermedad hasta su eventual erradicación. Como resultado de estos esfuerzos,
el país presenta distintos niveles de prevalencia según la región. Actualmente,
entidades como Colima se encuentran clasificadas en una fase de escasa
prevalencia, lo que indica que, si bien la enfermedad está presente, su
frecuencia es relativamente baja y se mantiene bajo control. Los datos nacionales reflejan avances importantes.
Millones de pruebas diagnósticas se realizan cada año en las unidades de
producción, lo que permite identificar oportunamente animales reactores y tomar
decisiones sanitarias. Este proceso, basado principalmente en la prueba de
tuberculina, ha sido una herramienta clave para disminuir la diseminación
dentro de los hatos. Aun así, la evidencia científica señala que la enfermedad
persiste en ciertas regiones debido a factores como la movilización de animales,
la presencia de reservorios y las limitaciones propias de las pruebas
diagnósticas en etapas tempranas. Un aspecto relevante es la forma en que se transmite.
En los bovinos, la vía respiratoria es la principal, a través del contacto
cercano entre animales. También puede ocurrir por ingestión, especialmente en
becerros que consumen leche contaminada. Por ello, prácticas como el manejo
adecuado del hato, la revisión periódica y el control en la introducción de
animales son fundamentales para reducir riesgos. Para el consumidor, el mensaje es claro y tranquilo:
el consumo de leche pasteurizada y productos derivados que han pasado por
procesos térmicos seguros representa una medida efectiva para prevenir
cualquier riesgo asociado. Este es un punto donde la ciencia y las buenas
prácticas han demostrado ser altamente eficaces. En este contexto, el papel del productor es clave. Más
allá de ver la tuberculosis bovina como un problema lejano, conviene entenderla
como un tema de manejo y prevención continua. La participación en campañas
sanitarias, el seguimiento de las recomendaciones técnicas y la colaboración
con médicos veterinarios permiten mantener el estatus sanitario y avanzar hacia
mejores condiciones productivas. Al final, la tuberculosis bovina no debe interpretarse
como motivo de alarma, sino como un recordatorio de que la sanidad animal es un
proceso permanente. Cada prueba realizada, cada animal revisado y cada decisión
bien tomada en el rancho suma. Mantener la salud de nuestros animales no sólo
protege la producción, también fortalece la confianza en lo que producimos. Y
en ese equilibrio entre conocimiento y acción, es donde realmente se construye
el futuro de la ganadería.
*Profesor Investigador de Tiempo Completo
FMVZ-UdC e Investigador Nacional Nivel II-SECIHTI
