Un poder discrecional
JORGE FERNÁNDEZ MENÉNDEZ
Jueves 09 de Abril de 2026 10:26 am
TERMINA siendo un círculo casi perfecto de control:
tres reformas limitan las libertades individuales con una frialdad absoluta.
Primero, se reducen las posibilidades de poder contar con un amparo ante
denuncias infundadas de la autoridad; luego se establece la prisión preventiva
oficiosa para una gran cantidad de delitos, algunos de ellos incluso podrían
ser más hasta del ámbito civil que penal. Y por última se le otorga a la Unidad
de Inteligencia Financiera atribuciones que no tiene ni la Fiscalía General de
la República para poder cancelar o bloquear cuentas bancarias sin una orden
judicial, solo con indicios o sospechas. En otras palabras, a usted le pueden acusar de
cualquier delito y no tendrá casi posibilidades de ampararse contra una orden
de aprehensión; cuando ésta se emita muy probablemente terminará en prisión
durante todo su proceso, aunque no existan pruebas duras en su contra ni una
decisión judicial firme; y para colmo, le podrán cancelar sus cuentas bancarias
sólo a partir de indicios o sospechas, con lo que no tendrá recursos con los
que mantener, por ejemplo, una defensa. Son tres reformas que se han aprobado en los últimos
meses y que la nueva y cada día más impresentable Suprema Corte de Justicia de
la Nación ha declarado constitucionales, pese a que violan las más elementales
garantías individuales: nadie puede ser considerado culpable antes de ser
condenado por un delito, se llama presunción de inocencia; nadie puede ser
privado de su libertad sin una causa justificada y todo mundo tiene derecho a
una defensa y a conservar su patrimonio hasta que se demuestre que ha sido
obtenido ilegalmente. Se dirá que todo esto es exagerado, es una situación
llevada al límite, pero no lo es: es algo que se desprende de las iniciativas
de reformas constitucionales aprobadas en los últimos meses y que queda a
discreción de las autoridades convertirlas o no en una realidad. El Gobierno Federal argumenta que todas estas
medidas se han implementado como instrumentos en la lucha contra el crimen
organizado y para evitar que los criminales queden impunes. Puede ser, pero lo
cierto es que ninguna política destinada a combatir un fenómeno localizado como
el crimen organizado puede conculcar los derechos de toda la sociedad. Ayer decía la presidenta Sheinbaum que la ley que
permite a la UIF congelar cuentas sin orden judicial, se aplicará sólo a los
casos de lavado de dinero y crimen organizado, incluso dijo que el actual
titular de la UIF, Omar Reyes, es un técnico destacado en estos temas y que no
es un político. Es verdad, hay y tengo una buena opinión del actual
titular de la UIF, pero hasta hace unas semanas y durante casi 4 años el
director de la UIF fue Pablo Gómez, un político de los más duros de Morena, sin
ninguna experiencia en el tema y que en lugar de combatir el crimen organizado
y el lavado de dinero se dedicó a usar la UIF para utilizar la institución en
casos políticos de su interés y del expresidente López Obrador. La usó como una
instancia de combate político e ideológico y no como un instrumento de
justicia. Por eso las leyes sobre las atribuciones de una
dependencia no deben depender de la personalidad de quien las dirige, sino de
lo que dice la ley, y la actual ley otorga absoluta discrecionalidad a los
funcionarios de la UIF para intervenir y congelar cuentas.
Si lo que se busca, y es algo compartible, es que
los delincuentes tengan menos espacios para seguir en la impunidad, se podría
haber establecido en la ley, como lo pidió la ministra Yasmín Esquivel en el
debate sobre la UIF, que se establecieran criterios específicos sobre las
condiciones en que la Unidad pueden imponer sus nuevas atribuciones. No veo
muchos casos en los que no se pueda contar con una orden de un juez para
congelar cuentas o detener a una persona. En Estados Unidos ello se establece
para delitos relacionados con crimen organizado o terrorismo, y los
instrumentos del departamento del Tesoro, siendo amplísimos, están claramente
establecidos en las normas que se implementaron desde el gobierno de Clinton.
Aquí se deja a la discrecionalidad de un funcionario, hoy uno acreditado, ayer
uno terriblemente incompetente y mañana vaya uno a saber quién, esa decisión.
La sociedad, los ciudadanos, no pueden depender de quién ocupe una oficina administrativa,
por más poderosa que sea, para saber si sus derechos pueden o no ser
conculcados.
