DAR FUERZA A LA VERDAD Y A LA BONDAD
VÍCTOR CÓRCOBA HERRERO*
Martes 14 de Abril de 2026 11:42 am
Cada día soy más consciente de las
desviaciones y de la pérdida del sentido humanitario que sufrimos, con el
consiguiente riesgo de inhumanidades que nos sorprenden por cualquier esquina
del planeta, en contextos que relativizan lo auténtico, desatendiendo el
vocablo o rechazándolo sin más. En consecuencia, la pujanza más vital al
servicio del desarrollo es un humanismo en valores, o sea, integral e
infalible. Pongámonos a prueba. No hemos venido para dominar, sino para servir,
sustentando el mundo de las relaciones con el vínculo de lo fidedigno, que es
como se hace camino en comunión y en comunidad. No obstante, solemos activar la
falsedad como lenguaje cotidiano, sabiendo que es un modo de eclipsarnos y una
manera de destronar de nosotros, nuestros propios latidos. Hay que alejarse, por consiguiente, de este
tormento absurdo que nos lleva a la ley de la selva; que no es otra, que la
norma del más fuerte. Convirtamos, pues, nuestros rastros en un rostro de amor
verídico. Aquel que cultiva la razón, dejándose cautivar por la docilidad, no
debe temer jamás a sus movimientos. Sin embargo, careceremos de bienestar
social, sin confianza entre análogos y sin pasión por lo cierto. La certeza,
como la familiaridad, es la mejor vía para el reconocimiento y el respeto de
los legítimos derechos de las gentes y los pueblos. Repoblarse de entusiasmo
por este níveo pulso y poblarse de su estima, es querer el bien de todos y
hacer hogar sin barreras, pues únicamente la realidad, conjugada con la virtud,
nos hará libres. Realmente, todos soñamos con ser dueños de
nuestra propia existencia. Ahora bien, para ser francos conjuntamente hemos de
ser responsables. Se me ocurre pensar, en el compartir de los bienes y
recursos, que no se aseguran individualmente con el progreso técnico y con
meras relaciones de conveniencia, sino con la fuerza del amor, que es lo que vence
al mal con el bien, convenciendo y abriendo la conciencia del ser humano a
relaciones recíprocas de autonomía y de compromiso. Ojalá viviéramos el deseo armónico de lo
genuino como lenguaje universal que trasciende fronteras culturales y sociales,
poniendo fin a todas las absurdas contiendas, que lo único que originan es un
gran sufrimiento humano, dejándonos sin palabras. Sea como fuere, resulta penoso y cruel que no
respetemos vidas y que tampoco tengamos consideración con el punto de vista del
derecho internacional, que prohíbe los ataques dirigidos contra la población
civil y sus infraestructuras. Tenemos un afán destructor como jamás, hasta el
extremo que nos encaminamos hacia la negación y la supresión existencial, lo
que aviva que nadie respete a nadie y todo sea sanguinario. Esto significa que
la valoración moral y los horizontes a transitar, deben poseer una dimensión
más justa y efectiva. De lo contrario, incluso la paz corre el riesgo de ser
considerada como un negocio, fruto exclusivamente de los acuerdos entre los
gobiernos o de iniciativas tendentes a asegurar privilegios económicos. Reencontrémonos, entonces. Lo importante
radica en no perderse, en volverse mar adentro uno mismo. Es, en nuestros
interiores, donde mora la bondad y también la verdad. Repito, por tanto, con la
más vehemente convicción que la evidencia siempre está ahí. Es cuestión de
sentirla y llamarla con la compasión que esto supone. La sinceridad
permanecerá, todo lo demás será deshecho antes de que cambie la pleamar de la
cosecha. De ahí, lo capital que es saber acogerse y recogerse, compartir y
donarse con los brazos abiertos, elevados hacia lo celeste, hacia esa vida
anímica, que es lo que realmente nos fraterniza, estimando al prójimo hasta
volverlo próximo. Esto nos requiere más desprendimiento que avaricia. La culpa no
la tenemos más que los doloridos. Purga toca; sin duda.
