En busca de la gobernabilidad perdida
JORGE FERNÁNDEZ MENÉNDEZ
Martes 14 de Abril de 2026 11:43 am
HUBO un tiempo en que la Secretaría de Gobernación
era el centro político, fuera de Los Pinos, de la gobernabilidad del país.
Desde el viejo Palacio de Cobián se manejaba la política, la relación con los
gobernadores y con muchos presidentes municipales, con el Congreso, casi
siempre con el Poder Judicial e incluso durante años, la seguridad. Eso de alguna forma concluyó desde el fin del
gobierno de Ernesto Zedillo, la última administración que mantuvo la
interlocución política y a las áreas de seguridad dentro de Gobernación. Con
Vicente Fox, la seguridad quedó fuera de Gobernación con el consiguiente y
eterno enfrentamiento entre Santiago Creel y Alejandro Gertz Manero. Con Felipe
Calderón, Genaro García Luna tuvo, desde la seguridad y luego de la muerte de
Juan Camilo Mouriño, mayor peso que los siguientes secretarios de seguridad,
incluso en la relación con los gobernadores; con Peña Nieto la seguridad
regresó, a medias, a Gobernación, pero ya el peso militar en la misma era mucho
mayor y la relación de la Defensa con Miguel Osorio era muy mala. Con López Obrador el peso de Gobernación
sencillamente desapareció: como se cuenta en el libro Ni Venganza ni Perdón
(Planeta, 2026), con Olga Sánchez Cordero en Bucareli, el exmandatario quiso,
primero, llenar una cuota de género, luego hacerlo con una mujer que tenía
pasado en la Suprema Corte, y tercero no quería darle ninguna atribución
especial a su cargo. Como decía López Obrador, daba encargos y no cargos, y la
exministra tenía el cargo, pero no el encargo, que llevó en los tres primeros
años de gobierno Julio Scherer desde la consejería jurídica, al grado de que el
presidente le dijo a Olga que ella era, en realidad, “la secretaria de
Ayotizinapa” y que su responsabilidad única era resolver ese caso, lo que por
cierto nunca se logró. Cuando se va Scherer, ante el endurecimiento
presidencial luego de las elecciones de 2021, llega Adán Augusto López, que
nunca llega a controlar las áreas de seguridad pero tampoco las de la
negociación política, porque su objetivo estaba puesto en su agenda personal,
comenzando por tratar de obtener la candidatura presidencial. Hoy la Secretaría de Gobernación no aparece como lo
que se supone que tendría que representar: un garante de la gobernabilidad.
Tengo, desde hace mucho tiempo, la mejor opinión de Rosa Icela Rodríguez, pero
la titular de Gobernación, por la razón que sea, no funciona como el gozne de
la operación política que debería tener el Gobierno Federal. No sé si no le han dado esas atribuciones, o si
tiene el cargo, pero no el encargo, pero lo cierto es que simplemente todo
parece suelto. Gobernación no tiene el control de la seguridad que está en
manos del gabinete sectorial y sobre todo de Omar García Harfuch. Pero tampoco
parece tener control sobre gobernadores o sobre el Poder Judicial, e incluso
sobre el partido. Los coordinadores parlamentarios se mueven por la libre,
hasta con distancia respecto a la propia presidenta. Eso era más que notable
con Adán Augusto, que responde a Palenque. En diputados, con mucho mayor tacto,
Ricardo Monreal también se maneja con amplio grado de autonomía. La relación de
Morena con sus aliados, el Verde y el PT, es desastrosa y Gobernación no ha
logrado pone orden ni en los suyos ni en los partidos coaligados: el fiasco de
la reforma electoral y del Plan B es una demostración de ello. Incluso lo es
que no se haya impedido que la presidenta presentara unas iniciativas
destinadas al fracaso.
El Poder Judicial se ha convertido en un lastre que,
vía el activismo de Hugo Aguilar, Lenia Batres y María Estela Ríos, aprueba
resoluciones que terminan boicoteando los que deberían ser los objetivos del
gobierno. No veo que los gobernadores estén alineados y ahí siguen mandatarios
impresentables, que no suman nada y quitan mucho. Con Morena pasa lo mismo, la
dirigencia del partido va a su aire y no se ve que Gobernación tenga influencia
en su operación.
