Cargando



Cuando el teatro incluye, la ciudad cambia



VÍCTOR MANUEL VILLALOBOS CHÁVEZ


Viernes 17 de Abril de 2026 11:04 am


 

 

EN Colima acaba de pasar algo que vale más que una placa: Quokka Teatro celebró sus primeras 50 funciones de La Liga de los Singulares, y lo hizo poniendo sobre el escenario un tema que durante años se ha querido guardar en silencio o tratar con lástima: la neurodiversidad, en especial el autismo.

Que una obra infantil hable del autismo con sensibilidad y respeto no es “un detalle artístico”. Es una toma de postura social. Porque durante demasiado tiempo a las personas autistas se les ha pedido encajar en escuelas, espacios culturales y reglas que no fueron diseñadas pensando en ellas. Y cuando no encajan, el entorno suele responder con el peor reflejo: excluir.

La historia sigue a Diana, una niña con autismo que descubre que en sus diferencias están sus mayores fortalezas y, junto a su mejor amigo Diego, decide formar una liga de superhéroes para pelear por algo básico: un entorno escolar donde el respeto y la inclusión sean la norma. Eso, dicho así, debería ser obvio. Pero en la vida real todavía es una batalla diaria para muchas familias.

Por eso celebro -con orgullo institucional y con emoción humana- la vinculación entre Fundación Mexicana de Autismo TATO y Quokka Teatro. Nuestra asesoría no buscó “corregir” una historia; buscó cuidar el enfoque: evitar estereotipos, no romantizar el autismo, y narrar con responsabilidad. Cuando una puesta en escena se informa y se compromete, el arte deja de ser espectáculo y se vuelve herramienta: de encuentro, de reflexión y de dignidad.

Y vale decirlo con nombre y con equipo: detrás de esta obra está un colectivo que ha sabido hacer teatro con propósito. Jesús Rodríguez, Paola Hernández, Manuel Delgado y la colaboración con el dramaturgo Jorge Fábregas, desde Quokka Teatro, han sido aliados estratégicos de esta causa. No solo por un proyecto: por años de cercanía y voluntariado con Fundación TATO. En lo personal, Jesús —nuestro amigo “Chuy”, como le decimos de cariño— ha sido voluntario desde hace mucho tiempo. En él, el teatro es parte inherente… pero también la inclusión. Y por eso lo aplaudimos: porque además del talento, ha demostrado ese corazón grande hacia nuestros alumnos con autismo, el que se nota cuando no hay aplausos y solo queda el compromiso.

El teatro tiene una ventaja poderosa: llega al corazón sin pedir permiso. Un niño neurodiverso puede verse representado. Una maestra puede entender lo que antes no miraba. Un papá puede bajarle al juicio. Y una audiencia completa puede salir con una pregunta que incomoda, pero salva: “¿Estoy construyendo un mundo donde todos caben?”.

Y aquí va el fondo: a veces hablamos de derechos como si fueran solo salud y educación —que lo son—, pero olvidamos algo igual de humano: la cultura, el entretenimiento y el arte también son derechos. Acceder a ellos, participar, sentirse parte, verse reflejado, no es un lujo. Es dignidad. Por eso tiene tanto valor que un derecho (el arte) se convierta en herramienta para empujar otros derechos que suelen negarse o invisibilizarse: el derecho a ser comprendido, a no ser discriminado, a estar en la escuela sin ser expulsado, a convivir sin ser señalado, a existir sin pedir perdón.

Se cerró el telón de la 50ta presentación de la obra con felicidad, sonrisas, lágrimas y sudor, sensaciones que la placa nos hará recordar, pero esto no es un cierre, sino un inicio. Que vengan más funciones, más escuelas abiertas, más instituciones culturales comprometidas y más alianzas que pongan a la comunidad autista en el centro, no como tema de abril, sino como parte permanente de Colima.

Porque cuando el arte incluye, la ciudad se educa. Y cuando una ciudad se educa, la inclusión deja de ser promesa y se vuelve costumbre. El Autismo Nos Une y el show debe continuar.

 

 

*Director Ejecutivo de la Fundación de Autismo TATO y Vicepresidente de Responsabilidad Social ante la CANACO Colima