Ataque en Teotihuacán y cultura del odio
JORGE FERNÁNDEZ MENÉNDEZ
Miércoles 22 de Abril de 2026 12:22 pm
EL asesino de la pirámide de la Luna en Teotihuacan,
se llamaba Julio César Jasso Ramírez, tenía 26 años y evidentemente era un
psicópata que estuvo copiando el accionar de otros asesinos masivos para
cometer el crimen que lo inmortalizara. Su antecedente más cercano sería, por
la información que tenía en su poder, la masacre de Columbine, donde un 20 de
abril, pero de 1999, dos jóvenes de secundaria abrieron fuego contra sus
compañeros de escuela asesinando a 12 estudiantes y un maestro, otras 24
personas terminaron heridas, la mayoría de ellas por los disparos. El episodio, estudiado ampliamente, fue visibilizado
por un notable documental Bowling for Columbine, de Michel Moore, que ganó un
Oscar con ese trabajo. Pero Jasso Ramírez no copió el crimen de Columbine,
no atacó compañeros de escuela o de trabajo, no actuó acompañado, tampoco
utilizó armas largas. Fue a un lugar altamente simbólico como la Pirámide de la
Luna en Teotihuacán, armado con un revolver y un puñal y atacó a turistas,
emitiendo gritos, como se comprobó en videos grabados por víctimas, xenófobos,
inconexos, pero que se reflejaron en el ataque: la turista asesinada era
canadiense y todos los heridos, sin excepción, son extranjeros. Falta mucho por saber y por conocer sobre este
crimen, pero más allá del hecho evidente de que hablamos de un hombre
desequilibrado, en un contexto, como el que vivimos, de intensa violencia,
estamos también ante un crimen de odio, consecuencia, entre todos esos otros
factores, de una narrativa que una y otra vez, desde el poder pero también
desde la sociedad, descalifica, hace responsable de todas nuestras tragedias al
“otro”, al extranjero, al “gringo”. La cultura del odio se ha convertido en un fenómeno
alimentado por las redes sociales, pero también por la polarización política.
Las redes sociales amplifican las voces más extremistas, alimentadas por
insultos personales y campañas de linchamiento digital. No se debate ideas, se
ataca identidades. Y el ataque al otro, al extranjero, se ha convertido
en uno de los principales instrumentos de esas campañas: puede servir para ello
tanto el odio hacia el migrante que llega a un tercer país a tratar de
sobrevivir, como el de los que se quejan de que los extranjeros al venir a
México provocan gentrificación y “expulsan” gente de sus colonias originales.
Sumémosle a ello un discurso en donde supuestamente las empresas extranjeras se
quieren quedar con nuestras riquezas nacionales o que incluso son los responsables
hace 500 años de acabar con civilizaciones tan ancestrales como supuestamente
idílicas, y tenemos los componentes necesarios para crear un coctel de odio. Vivimos en “burbujas” ideológicas donde el “otro” es
enemigo y donde es fácil odiar sin consecuencias. Esto explica el auge de
discursos antisemitas, racistas, xenófobos o transfóbicos sobre todo post-pandemia. Pero todo eso, como vimos en
el ataque de Teotihuacán, se filtra también a la vida real, se refleja en
elecciones, en discursos políticos y también en violencia, sobre todo en un
contexto de polarización fomentada desde el poder y que tiene réplicas sociales
evidentes. Los lazos entre la polarización política y el discurso de odio
son estrechos: cuando la política se organiza como una lucha entre “nosotros” y
“ellos”, el adversario deja de verse como un competidor legítimo y empieza a
tratarse como una amenaza. En ese punto, el lenguaje deja de tratar de
persuadir y pasa a deshumanizar, ridiculizar o excluir. O el otro se convierte
en una víctima propiciatoria. Los
discursos de odio no causan por sí solos un crimen masivo, pero sí pueden
funcionar como un alimento que normaliza la violencia y reduce la empatía hacia
las víctimas. Esa
repetición constante crea un clima social donde las agresiones dejan de verse
como escandalosas y pasan a parecer “necesarias” o “defensivas”.
Todo esto no es más que una reflexión sobre un hecho
terrible que nos tendría que llevar a concluir mucho más: primero, en comenzar
a excluir esa narrativa polarizadora desde el poder y también desde la
sociedad; segundo, que la seguridad no puede ignorar el contexto de violencia
que estamos viviendo; tercero, que debemos asumir que todo eso se disparará en
el contexto del próximo Mundial.
