La tridilosa de don Heberto
RUBÉN DARÍO VERGARA SANTANA
Miércoles 22 de Abril de 2026 12:21 pm
Hubo
un momento en el Senado en el que no se habló del pasado. O al menos eso
parecía. En realidad, se habló del presente, pero sin decirlo de frente. Se
recordó a alguien que entendía la política de otra manera. No como discurso,
sino como acción. Como algo que sirve, que resuelve, que aterriza. Un ingeniero
que no solo pensaba estructuras, sino país. Que sabía que el conocimiento no es
para guardarse, es para usarse. Para que la vida de otros sea mejor, para
convertir la inteligencia en una herramienta de justicia. Se
mencionó una estructura ligera, resistente, eficiente. De esas que sostienen
mucho con poco. Y aunque sonaba a tema técnico, en el fondo era otra cosa. Era
una forma de ver el poder. De ejercerlo. De justificarlo. También
se habló de congruencia. De una vida entera que no se contradijo. No fue un
momento lo que definió esa historia, fue la constancia. También se recordó algo
que hoy casi no se ve. Ceder. Entender que a veces la causa es más importante
que el lugar que uno ocupa. Renunciar no como derrota, sino como visión. Luego
se menciona una huelga de hambre de las de verdad. De las que desgastan. De las
que no se pueden fingir. Y frente a eso, una frase sencilla, pero de esas que
se quedan. “No dé la vida de contado, hay que darla en abonos, hay que seguir
luchando por la democracia”. Y junto a esa idea, abono otra que completa. La
política no es todos contra todos, es reconocer lo valioso de lo que otros
aportan en beneficio del país, de la sociedad entera. Porque
si uno lo piensa con honestidad, eso es lo que falta. No hace falta que todos
piensen igual. El problema es cuando todo se rechaza en automático. Cuando ya
ni se escucha. Cuando importa más quién lo dice que lo que se dice. Ahí es
donde la política se atora. Y se nota. Se siente en los retrasos, en las
decisiones que no llegan. Se repiten errores. Se pierden oportunidades. No
porque falte capacidad, sino porque falta disposición. Y en
medio de todo eso, una frase que pesa más de lo que parece. Cuando en distintos
momentos se tuvo la oportunidad de gobernar, no se logró resolver la vida de
quienes más lo necesitaban. Eso no es ataque. Es reconocimiento. Y también
advertencia. Porque cuando la política deja de servir, deja de tener sentido. Si
nuestros representantes fueran capaces de reconocer lo positivo de las
aportaciones que verdaderamente abonan a un mejor país, sin tintes partidistas
ni prejuicios ideológicos, México avanzaría con mayor rapidez hacia una
prosperidad compartida. El
problema no es la diferencia. La diferencia es natural. El problema es la
negación automática. Se rechaza por origen y no por contenido. Se desacredita
por quién propone y no por lo que se propone. No se trata de evitar darse un
balazo en el pie por orgullo político, ni de aferrarse a posturas que, lejos de
fortalecer, terminan debilitando al propio partido. Se trata de reconocer que
la sociedad cambia, que no se vive anclado en el pasado. Que los hacedores de
leyes están para leer el momento, para distinguir lo que antes fue útil y lo
que hoy ya no alcanza. Lo que incomoda, pero que resulta necesario transformar. Nada
es estático. Todo se mueve. La materia misma lo enseña. No se crea ni se
destruye, solo se transforma. Lo mismo pasa con las instituciones, con las
leyes, con la forma de gobernar. Los moldes del pasado sirvieron. Algunos
siguen funcionando. Otros necesitan ajustes. Otros requieren cambiar de fondo.
Así es como avanzan las sociedades. El
problema es cuando se deja de intentar. Cuando se deja de escuchar. Cuando se
deja de reconocer. Por eso aquella idea de hacer más con menos deja de ser
técnica y se vuelve política. Se vuelve una exigencia. Si se puede hacer mejor,
por qué no se hace. Si se puede resolver más, por qué complicarlo. Si se puede
pensar en la gente, por qué se le deja fuera.
El
homenaje terminó, la placa quedó y el nombre también, pero lo importante no es
eso, sino lo que representa, que la política no es pelearlo todo ni darlo todo
en un momento, sino construir con otros y sostener la causa todos los días,
porque cuando eso se pierde de vista, ya no se trata de quién tiene la razón,
sino de quién dejó de entender para qué sirve la política.
