Cisticercosis porcina: un ciclo que sí podemos romper
JUAN AUGUSTO HERNÁNDEZ RIVERA*
Jueves 23 de Abril de 2026 1:46 pm
EN la producción porcina, algunas enfermedades parecen
persistir a lo largo del tiempo, aun cuando el conocimiento científico ha
avanzado notablemente. ¿Por qué ocurre esto? La cisticercosis porcina es un
ejemplo claro: una parasitosis conocida desde hace siglos, bien descrita en su
ciclo biológico, pero que continúa presente en diversas regiones de América
Latina. Comprender su permanencia no implica alarmarse, sino reconocer que se
trata de un fenómeno donde convergen factores sanitarios, educativos y de manejo
en las unidades de producción. Históricamente, la crianza de cerdos estuvo asociada a
sistemas abiertos, donde los animales tenían acceso a residuos orgánicos y, en
ocasiones, a condiciones poco higiénicas. Esto favoreció la transmisión del
parásito Taenia solium, cuyo ciclo involucra al ser humano como
hospedador definitivo y al cerdo como hospedador intermediario. Hoy en día, la
porcicultura ha evolucionado significativamente: los sistemas tecnificados, el
confinamiento y la inspección sanitaria han reducido de forma importante los
riesgos. Sin embargo, en ciertos contextos, la interacción entre ambiente,
animales y prácticas cotidianas aún permite que el ciclo persista. Desde el punto de vista biológico, la infestación en
los cerdos ocurre al ingerir huevos del parásito presentes en el ambiente,
principalmente a través de agua o alimentos contaminados. Una vez dentro del
organismo, las larvas (cisticercos) se alojan en tejido muscular. En humanos,
la ingestión accidental de estos huevos puede derivar en cisticercosis,
incluyendo formas más complejas como la neurocisticercosis. En México, esta
condición ha representado un problema relevante de salud pública, llegando a
asociarse con una proporción importante de padecimientos neurológicos. Los datos epidemiológicos muestran una realidad
interesante: aunque la incidencia ha disminuido en las últimas décadas, la
enfermedad no ha desaparecido. De hecho, a lo largo del año en la actualidad se
han reportado casos sin un patrón estacional definido. En producción animal,
estudios en México han reportado prevalencias menores al 5 por ciento en
ciertas zonas donde los sistemas de manejo son más tradicionales. A nivel
internacional, las cifras varían ampliamente, desde menos de un por ciento
hasta más del 50 por ciento, dependiendo de las condiciones sanitarias y
productivas. Afortunadamente, en entidades como Colima, la cisticercosis se
presenta con baja frecuencia o sin registros relevantes recientes, lo que
refleja condiciones sanitarias favorables. Más allá de los números, el impacto es concreto: la cisticercosis genera pérdidas económicas por el
decomiso de canales y disminuye el valor comercial de los animales. Además,
representa un indicador indirecto de las condiciones sanitarias en la
producción. Sin embargo, también es una enfermedad prevenible. La evidencia
científica coincide en que medidas relativamente simples pueden interrumpir el
ciclo: higiene en el manejo de alimentos y agua, uso adecuado de instalaciones
sanitarias, inspección de la carne y programas de educación dirigidos a
productores y familias. En este contexto, la desparasitación periódica, tanto
en animales como en humanos cuando es necesario, cobra especial relevancia. La
cisticercosis porcina no es un problema nuevo, pero tampoco es un destino
inevitable. La experiencia acumulada demuestra que cuando se integran buenas
prácticas de manejo, sanidad y educación, el riesgo disminuye de manera
significativa. Más que un desafío, es una oportunidad para fortalecer la
producción responsable, proteger la salud y avanzar hacia sistemas pecuarios cada
vez más seguros y sostenibles.
*Profesor de Tiempo Completo FMVZ-UdC e
Investigador Nacional Nivel II-SECIHTI
