Atentado y propaganda
CARLOS RAMÍREZ
Lunes 27 de Abril de 2026 12:54 pm
AUNQUE de nueva cuenta
sale relucir el tema de los tiroteos interrelacionado a la Segunda Enmienda que
permite la propiedad de todo tipo de armas por la ciudadanía, el problema en
Estados Unidos es mucho mayor: la violencia a balazos es expresión de una
cultura imperial de la violencia. En un momento delicado en
el que un presidente enarbola con agresividad la agresión militar violenta
contra otras naciones y amenaza con desaparecer civilizaciones enteras como
argumentación militarista que tiene efectos en la mentalidad de los ciudadanos,
el cuarto intento de atentado contra el presidente Donald Trump debe tener una
lectura más profunda y analítica, inclusive más allá a lo que revela la
inteligencia artificial en cuanto a las vidas de un gato: “un gato tiene nueve
vidas. Durante tres juega, durante tres se extravía y durante las últimas tres
se queda". Trump ha regresado -quiérase
que no- a la cultura expansionista violenta del Siglo 19, cuando no valían
razones y la estructura jurídica que le había sorprendido al Vizconde de
Tocqueville estaba al servicio de la decisión de los presidentes de entonces
para aplastar vía el asesinato a millones de indios que tenían la propiedad
natural de tierra donde pastaban los búfalos, comprar sin rubor territorios a
países que sabían que tenían que vender o serían expropiados por la fuerza de
las armas y fabricar guerras contra los mexicanos para quitarles la mitad de su
territorio. Trump ha estado metiendo
a EU a guerras expansionistas que disputan no solamente territorios ni tampoco
nada más recursos naturales, sino que forman parte de una fase de conquista
territorial. Trump le declaró la guerra sin pasar por su congreso a Irán, ha
bombardeado impunemente zonas civiles y se ha aliado al expansionismo
territorial judío -que no israelí- de Netanyahu para que los intereses que los
políticos de la Casa Blanca pongan bases militares en zonas que habían estado
bajo la influencia de Irán e Irak. La última amenaza que
lanzó Trump en dos ocasiones ha sido analizada con frialdad como una
argumentación de Estado de guerra, pero no puede evitarse la interpretación que
tienen en la comunidad internacional las dos advertencias de Trump -se supone
que nucleares- para desaparecer a la civilización iraní de casi 100 millones de
personas, porque dijo desaparecer del mapa lo mismo a iraníes bélicos que a
civiles inocentes que serían víctimas de las advertencias el Olimpo
washingtoniano. No es difícil tratar de
interpretar el sentimiento del ciudadano estadounidense medio que favorece a
Trump o que se opone a tanta violencia de guerras fabricadas por expansionismos
geopolíticos; y en este sentido se puede subrayar que el problema en Estados
Unidos no es la Segunda Enmienda que permite la existencia en la actualidad de
más de 400 millones de armas de fuego en manos de una población total de 330
millones de personas. El problema está en la
mentalidad colonial del Siglo 19 que ha regresado al uso de la fuerza para
conquistar territorios y personas, y aquí hay que incluir el último anuncio del
presidente Trump de no solo reforzar el derecho estadounidense a la pena de
muerte, sino de regresar justamente a una de las formas en las que se aplicaba
esa pena: el pelotón de fusilamiento; con cierto prurito de sensibilidad, las
aplicaciones de pena de muerte ya no pasan por el fusilamiento, el
ahorcamiento, la cámara de gas o la decapitación, sino que se aplica la muerte
legal por inyección letal. En términos estrictos, Trump quiere regresar al
fusilamiento en modo militar. La noche del sábado hubo
mucho desajuste informativo hasta que se aclararon las circunstancias: un
hombre armado quiso entrar a la cena de corresponsales en el hotel Hilton, hubo
disparos externos del agresor y fue atrapado con vida. Muy a su estilo de torpeza
discursiva que reitera ideas para fijarlas en el inconsciente social colectivo,
Trump se presentó como víctima, dijo que era respuesta de los sectores
conservadores a su política de recuperación de la hegemonía estadounidense y
catapultó el suceso para anunciar que seguiría el acoso bélico contra los
adversarios. A algunos observadores no
se les escapó un detalle que se reactivó con el incidente del sábado 25: el
intento de asesinato del candidato Donald Trump en Pensilvania en 2024 apareció
herido en una oreja y sangrando; pero al revisar en acercamiento el rostro de
Trump, ninguna de sus orejas muestra rastros de que en algún momento dado fuera
rosado por una bala o por una esquirla y que lo hizo sangrar copiosamente. carlosramirezh@elindependiente.mx
