LA POBREZA EN LA BOLSA MEXICANA DE VALORES
RUBÉN DARÍO VERGARA SANTANA
Miércoles 29 de Abril de 2026 12:48 pm
Imaginemos que la pobreza cotizara
en la bolsa mexicana de valores. Que amanece con un número y por la noche ya
cambió. Que sube cuando no alcanza para comer, cuando la canasta básica se
encarece, cuando el trabajo no llega o no paga. Y que baja cuando hay empleo,
cuando el dinero rinde y la vida deja de apretar. Si eso pasara, la pobreza no
se podría esconder. Estaría a la vista de todos. Pero verla no es resolverla. Porque
la pobreza también se usa. Da discurso, da presencia, da territorio. Donde hay
necesidad hay contacto, y donde hay contacto hay relación. Y donde hay
relación, muchas veces hay lealtad. No siempre por presión, sino por costumbre,
por dependencia, por cercanía. Así se construyen los votos cautivos. No con
amenazas, sino con permanencia. Con la idea de que quien te ayuda es quien debe
quedarse. Y ahí es donde la pobreza deja de
ser solo un problema social y se vuelve también un activo político. Por eso no
siempre conviene acabarla de fondo. Conviene administrarla. Mantenerla en un
nivel que no reviente, pero que tampoco desaparezca. Porque el que deja de
necesitar, deja de depender. Y el que deja de depender, deja de ser predecible. Hay una diferencia que lo explica
todo. No es lo mismo el pobre que la pobreza. El pobre es la persona. La
pobreza es el entorno que lo mantiene ahí. El pobre puede salir, pero si el
entorno no cambia, otros ocuparán ese lugar. Administrar la pobreza muchas
veces es dejar intacto ese entorno. Y ahí es donde empieza a parecerse a la
especulación. Cuando deja de ser urgencia y se vuelve variable. En esa lógica, la pobreza empieza a
funcionar como un mercado silencioso. No se compra ni se vende en una pantalla,
pero sí produce beneficios. Produce presupuesto, cargos, estructuras,
discursos, campañas, programas, operadores y zonas de influencia. Mientras
exista necesidad, existe alguien que la administra, alguien que la interpreta y
alguien que políticamente la capitaliza. Cuando la pobreza sirve, deja de
dolerle al poder. Se vuelve número, discurso y control. Y mientras sea útil,
siempre habrá razones para no acabarla del todo. Por eso el mayor riesgo no está solo
en que haya pobres, sino en que la pobreza se vuelva útil. Cuando una carencia
se vuelve útil para ganar votos, justificar recursos o sostener presencia
territorial, deja de ser vista únicamente como una injusticia y empieza a ser
tratada como una condición conveniente. Ahí la política pierde humanidad y la
pobreza se vuelve negocio. Ahora, también hay que decir lo que
se ha hecho bien. Los programas sociales en los últimos años han cambiado la
vida de millones de personas. Han puesto dinero directo en la mano de la gente.
Sin tanto trámite, sin intermediarios. Eso ha ayudado, eso ha aliviado, y
negarlo sería injusto. Hay familias que hoy comen mejor que antes, adultos
mayores que ya no dependen totalmente de otros, jóvenes que pudieron seguir
estudiando. Eso es real. Pero también es cierto
que eso no alcanza para cambiar toda la historia. Porque ayudar a aguantar no
es lo mismo que ayudar a salir. La pobreza no se va solo con apoyos. Se
contiene, se calma, se sobrelleva. Pero no desaparece si no hay trabajo digno,
si no hay oportunidades reales, si no hay movilidad. Por eso el siguiente paso es claro.
Los apoyos deben tener ruta. No basta con entregar. Hay que acompañar. Que el
joven que recibe una beca estudie, se capacite, consiga trabajo o emprenda. Que
haya metas, seguimiento, exigencia. Que el apoyo no sea destino, sino paso. Y
también se necesitan empleadores que entiendan su papel. Que no solo reciban
becarios, sino que los formen. Que inviertan tiempo, que enseñen, que guíen.
Porque ahí es donde se rompe el ciclo.
Mientras
tanto, la vida sigue. Cuando no alcanza, no hay opciones, hay lo que hay.
Tortillas con chile, sopa de coditos, caldo sin pollo. La proteína se encuentra
ausente. No es comer, es aguantar. La bolsa mide el dinero, la pobreza mide la
vida, y en ese juego el que pierde es el de siempre.
